miércoles, 5 de octubre de 2011

Sobre #indignados, #kabreados y otros fantasmas


Sobre #indignados, #kabreados y otros fantasmas
Por @vallejo086

Los #indignados son una pandemia. Tanto en un sentido expansionista como epidemiológico. Cada brote se viene esparciendo como una brisa de levante. Tan efectiva ha resultado esta nueva ola de manifestaciones que se han plantado en el corazón financiero del mundo. Han llegado a colarse en la máxima representación del capitalismo, la codicia y la especulación: Wall Street. Las motivaciones de los manifestantes son diversas. Desde los que buscan acabar con Corporate America hasta los que consideran el sistema bipartidista como dos lados de la misma moneda. Se basan en una gama terminológica de sinónimos, todos apuntando hacia la avaricia y la inequidad de un sistema basado, precisamente, en la avaricia y la inequidad. Y aunque cada individuo manifestando tiene su grado de razón, es difícil encontrar el hilo conductor de una campaña que se ha extendido hasta Chicago.
Principalmente porque parte de la esencia de este movimiento es su carácter anarquista. Rechazan liderazgos. Rechazan alianzas. Rechazan formalismos. Rechazan instituciones. Lastimosamente, en una sociedad institucionalizada como los EEUU, la institucionalidad resulta un imperativo para liderar cualquier proyecto político o social; incluso cuando ese proyecto va en contra de la sociedad establecida y el aparato institucional. Sin una propuesta política concreta, sin una estrategia social definida, #OccupyWallStreet no es más que un montón de gente indignada. Como alguna vez lo fueron los egipcios, quienes, pese a contar con cierto liderazgo y un objetivo claro, no lograron establecerse institucionalmente dentro del nuevo gobierno. Y si bien podemos asimilar, admirar y compartir muchos de los ideales socializados desde pancartas y altavoces, ninguno rema en la misma dirección.
Y ese misma esencia que los caracteriza (una agrupación sin líderes) es lo que determina su calidad de ineficientes. Y contradictorios. Escuadras de jóvenes desempleados en sus BlackBerries y sus Apples consolidando los llamados a movilizarse vía Twitter, Facebook y Google+ (muy al estilo primaverezco de medio oriente). BlackBerry acaba de despedir a miles de empleados. Apple es uno de los monopolios más grandes del mundo; cada acción se vende a $400. ¿Ellos lo sabrán? Imposible saberlo. Aunque tampoco creo que quite mérito a su descontento. Ni tampoco el hecho de que muchos de ellos se vean en la necesidad de usar el cajero automático de Bank of America en pleno Zuccotti Park.
Porque ya está pasado eso de acabar con el sistema. El sistema no es el problema. El problema es la construcción del sistema y las perversiones que se dan a causa de la falta de transparencia y rendición de cuenta. El problema no es el sistema bipartidista. El problema es la usar la terminología inadecuada para un sistema cuya diferencia histórica ha sido únicamente el nombre. El problema no es el capitalismo. El problema es haber permito a los banqueros salirse con la suya; es haber priorizado el mercado antes que la persona; es haber permito la creación de un gobierno supranacional, sin ley, sin líder visible, sin organización explícita, imponente, irónica y auténticamente anarquista, como lo es el mercado mundial de valores. Todos clamores de los indignados, todos gritos sin respuesta. 
Nunca sabremos como #OccupyWallStreet se dispone a arreglar las irregularidades del corporativismo extremo en que nos vemos inmersos. Nunca los sabremos porque todas sus líneas son extraordinariamente generales: un nuevo orden económico, lucha contra la corrupción corporativa, redefinición del sistema imperante, paz en el mundo. Básicamente, lo que expone cualquier candidata a Miss Universo que realmente terminó la secundaria. 
Las lecciones que los #indignados no son nuevas, pero son confirmadas: para una movilización social efectiva se necesita institucionalización de las ideas y poder de convocatoria. A veces es necesaria la primera para la segunda. A veces la segunda llega sola, pero es ineficiente. A veces la primera se consolida pero no genera el efecto político deseado por la carencia de la segunda. Al final, resulta fácil indignarse, difícil realizarse. A esto se suma los peligros de las sociedades en movimiento: grupos sociales coyunturales sin proyectos políticos que destruyen gobiernos pero no crean gobiernos. Y los que vivimos en la inestabilidad sabemos que el lanzar piedras y golpear cacerolas puede tumbar personas, mas no crea institucionalidad; ni mejora el estilo de vida, ni genera empleo, ni reactiva el aparato productivo. Sino, pregunten a los mismos #indignados.
Y esta situación no deja de colarse en nuestra propia arena política. Nosotros también tenemos nuestros primeros indicios de indignados: los #kbreados. A ellos se suman otras voces independientes de inconformidad establecidas a través de Twitter y Facebook. Y los miles de comentarios apoyando y alentando la causa. Una oposición paralela a la oposición propiamente dicha.
Estos #kbreados (termino con el cual me referiré genéricamente a esta cyber-oposición en general) carecen de tres puntos fundamentales para que su ejercicio seudo-político (por autodenominarse ciudadanos inconformes) tenga la injerencia que tanto anhelan. Comenzando por que no se consideran un grupo político. En su Política, Aristóteles concluye que “se puede ser buen ciudadano sin poseer la virtud por la cual el hombre es bueno”. Las virtudes del buen ciudadano incluían una participación activa en los asuntos de la polis. Es decir, no hay pecado dentro el quehacer político. Y un quehacer político efectivo requiere de agentes políticos. Es decir, los #kbreados deben asumirse, como lo hace la oposición, como un grupo político. Estos buenos hombres aristotélicos deben ser buenos ciudadanos, políticamente activos, es decir, animales políticos. Ergo, políticos.
Aparte de esta concepción, es necesario tener un fin político alcanzable. Por la libertad de expresión, en contra de la tiranía y por una democracia no son fines políticos. ¿Qué quieren? ¿La presidencia? ¿Convertirse en un organismo de control no gubernamental con injerencia efectiva dentro de la creación de políticas públicas? ¿Ser veedores públicos, fiscalizadores, contralores? El eslogan no es suficiente. El sentimiento altruista no basta. Debe existir una meta objetiva y plausible para que todos remen para un mismo lado. Y evitar, al igual que #OccupyWallStreet, las contradicciones que, más que restarle valor a la causa, le restan fuerza. En otras palabras, institucionalizar su visión política.
Y la única manera de efectivizar su institucionalidad, es con poder de convocatoria.  Poder que no lo tiene la oposición institucionalizada (dentro de sus posibilidades), menos aún los #kbreados. Un centenar de gente con carteles no es poder de convocatoria. Miles de “Me gusta” y comentarios de apoyo virtuales no son poder de convocatoria. Paralizar una ciudad, eso es poder de convocatoria. Y por más que le duela a la oposición, Alianza País lo tiene. Sus métodos podrán no ser del agrado de muchos, pero los resultados con envidiables.
Y ahí radica la fuerza del movimiento gubernista. Se entiende político. Tienen objetivos políticos claros. ¿No? Lean el Plan Nacional para el Buen Vivir. Ahora apliquen cada punto en las diferentes ramas de injerencia del Estados. Ahí tienes acción política efectiva. Supieron dar, a su debido tiempo, el salto cualitativo de muchedumbre a institución. Una institución políticamente imponente y eficiente: cinco elecciones ganadas, mayoría legislativa, gran presencia en los gobiernos seccionales, etc. Podemos renegar de sus prácticas, dudar de sus intenciones y disentir de sus valores, pero deberemos asombrarnos de su efectividad política.
Este trend político, esta pandemia, carece de una capacidad de concreción. En algunos lados por falta de institucionalidad, en otros (los que no se mediatizan) por falta de convocatoria. En nuestro caso, por los dos. Los puerilismos políticos ahora en versión 2.0. ¿Vencerán al establishment, o serán siempre vencidos por la política?            

Quito, 5 de octubre de 2011

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