miércoles, 22 de diciembre de 2010

El tamborilero que llevo dentro


(Artículo a ser publicado en El Telégrafo el viernes 24 de diciembre de 2010)

No necesitamos amotinarnos sobre el último vestigio de felicidad fingida de una percha diezmada. No necesitamos hacer largas fila, descocer la billetera, desquiciarnos por lo que creemos indispensable y es solo un capricho pueril. No necesitamos sentarnos en las piernas de Papá Noel, comprar un árbol, abarrotarlo de luces y de paso el resto de la manzana. No necesitamos buscar la perfección en el detalle más lujoso de una opulenta cena navideña. No necesitamos comparar etiquetas, precios, tiendas, pavos, roles de pago. No necesitamos vivir deshechos de mall en mall, de novena en novena, de amigo secreto en amigo secreto, de oferta en oferta, de compromiso en compromiso. No necesitamos llevar ni oro, ni mirra, ni incienso; porque basta llenar un humilde zurrón. No necesitamos llevar ni coronas, ni tronos, ni cetros; porque basta un humilde tambor y una adoración de corazón.
                Es importante recordar que Él no nació en un palacio. Él nació en un pesebre. Él, pudiendo tenerlo todo, prefirió ser nadie. Él vino a servir, no a ser servido. Él se humilló, se desacomodó, nació para morir. ¿Cuántos nacen para morir como Él? ¿Cuántos nacen en el olvido, cuántos nacen de la miseria? Él vino por ellos y por los que los tienen así, por los discriminados y los discriminadores, y por ti y por mí. Y por la misma razón, Él murió. 
                El mejor regalo de la Navidad no se puede encontrar en los pasillos de un supermercado. El mejor regalo de la Navidad no está debajo de un árbol, no está en un Canasta Navideña, no está en el rompope y las botellas que lo sigan, no está en una limosna altiva, no está en la cantidad de novenas a las que asistamos ni en la cantidad de prédicas que escuchemos. Está adentro de nosotros. Está en recordar lo que celebramos. Recordar que Él ve la intención de nuestro corazón y no el tamaño de nuestras dádivas. Recordar el regalo de gracia y de verdad. Recordar el nacimiento del verbo. Recordar que ese verbo es amar.
                Porque Él no sólo debería ser fuente de vida para cristianos, sino también debería ser ejemplo para ateos y agnósticos. Porque fue un pastor baptista quién dijo: “Creo que la verdad desarmada y el amor incondicional tendrán la última palabra en la realidad. Esa es la razón por la cual el derecho, temporalmente derrotado, es más fuerte que el mal triunfante”. Porque esa debe ser la esencia y el espíritu de la Natividad. Porque no podemos contagiarnos por una amnesia materialista ni por un prejuicio radicalizado.
                “Donde está tu corazón, ahí está tu tesoro”, y nuestro tesoro no puede ser la superficialidad, nuestro tesoro no puede ser un canto vacío, nuestro tesoro no puede ser una cuenta bancaria o un puesto de trabajo, nuestro tesoro no puede ser un par de tragos con los amigos, nuestro tesoro no puede ser un rezo, una plegaria, una liturgia, una oración, una bendición que comience en los labios. Nuestro tesoro debe nacer en aquel por el cual estamos reunidos hoy. No debe haber más motivos.
                Que hoy no sea la celebración de un nacimiento. Que hoy sea la celebración de un renacimiento dentro de nosotros. Que hoy nos reconstruyamos desde la humildad del que nace rey sobre paja.  Que hoy entonemos una alabanza que suene como el ronco acento de un viejo tambor, que suene como un canto de amor. Que Dios nos vea gozosos ante Él y sonría. Ropoponpon… ropoponpon…

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